El comentario de Adriana me motivó a escribir esta nueva entrada.Tal vez una de las peores frases que un paciente trasplantado puede escuchar de sus médicos es: "tienes ya un rechazo crónico".
Sin ninguna duda sólo imaginar que esta vida maravillosa que nos ha brindado el trasplante pueda terminar y además visualizar que regresamos al estado en el que nos encontrábamos antes de la cirugía, es sentirse morir en vida. La palabra futuro se desvanece poco a poco de nuestro vocabulario y pensamientos.
Yo recuerdo perfectamente cuando esta frase me la dijeron en 1984. Ese mismo año, poco después falleció mi única hermana y por la misma causa: ella recibió un trasplante de riñón, lo rechazó al mes y permaneció en hemodiálisis cuatro años hasta que, en ese 1984, murió.
La noticia de que iniciaba en mi un proceso irreversible de rechazo del riñón que me habían trasplantado 7 años antes fue devastadora para mi, ya que de inmediato pensé que seguiría el camino de mi hermana y tomé una decisión mucho más difícil de asimilar para mis padres que para mi de concretarla: compré un boleto de avión a Europa y les dije a mis padres que si iba a morir, prefería que fuera gozando a través de viajar, que triste, en casa y esperando el momento. No compré boleto de regreso, tenía 22 años y me fui de casa.
A los tres meses enfermé por tomarme los medicamentos en ayunas y estuve hospitalizado 15 días en Helsinky, Finlandia. Finalmente a los 11 meses me puse muy mal y me volvieron a hospitalizar otras dos semanas en Kfar Saba, una ciudad a 45 minutos de Tel Aviv en Israel. Ahí me hemodializaron de urgencia ocho veces para ponerme en condiciones de viajar y me ordenaron regresar a México.
Cuando volví, me quitaron el riñón y con él mi ilusión de que sería para siempre. Después me volvieron a abrir pues se había formado un cuágulo por una hemorragia interna y me dejaron abierto para revisar el avance de la cicatrización. Un mes después me hicieron la peor y más grave intervención quirúgica de mi vida: me quitaron el pericardio en una cirugía a corazón abierto en la que sufrí un paro cardiaco y respiratorio que me envió tres días inconsciente a terapia intensiva. Por supuesto cuando regresé a casa estaba seguro de que pronto moriría.
Sin embargo el 10 de julio de 1986, ocho meses después de la operación de corazón, recibí un segundo trasplante renal, y de pronto con él nuevamente mi mundo cambió y tuve la bendición por segunda ocasión de vivir plenamente otros 13 años.
Cuando en 1999 rechacé ese segundo trasplante ya todo fue distinto. Ahora estaba seguro de que era algo fácil, como cambiar una pila a un radio cuando ésta se acaba. Y me decidí a ir por mi tercer trasplante. En esta vez ya no me sentí triste ni pensé que fuera a morir.
Ocho muy largos años pasé atado a la máquina de hemodiálsis con el deterioro cosecuente de mi cuerpo y mi energía. Pero nuevamente todo cambió el 25 de abril del 2007, cuando por tercera ocasión recibí un trasplante renal de origen cadavérico. Y quiero experesar aquí que en contra de todas las opiniones médicas, este tercer trasplante renal es el mejor de los tres, pese a eso mismo, a ser el tercero y por supuesto a que tenía 30 años más que cuando me trasplantaron por primera ocasión.
El mensaje que quiero darles a todos aquellos que están pasando por este terrible momento del rechazo de su riñón, o bien a aquellos que viven muy bien con su trasplante pero tienen mucho miedo a un posible rechazo, es que hoy por hoy, y cada vez serán más, existen muchas condiciones que harán que un nuevo trasplante sea igual o mejor que el anterior: medicamentos mucho más efectivos en contra del rechazo; cirujanos mejor preparados y con mucha experiencia; técnicas quirúgicas más eficientes y menos agresivas para el paciente receptor y para los donadores; más donación de órganos y tejidos; mejores hospitales; más organizaciones sociales de apoyo; más información, entre otras.
Por supuesto que no todas serán historias de éxito y felicidad. Habrá incluso quienes fallezcan. Pero si de algo estoy totalmente convencido es que nuestra actitud mental y nuestro estado físico son determinantes para lograr el ansiado regreso a la vida prácticamente normal de estar y vivir trasplantado.
La firme convicción de querer ser trasplantado de nuevo y visualizarlo, pensarlo y pedirlo nos hará estar preparados mentalmente para recibir el nuevo riñón cuando éste nos llegue.
Por otro lado, el cuidado de nosotros mismos mediante el seguimiento de una dieta que no contamine a nuestro cuerpo; de hacer el ejercicio que podamos; de evitar lo que sabemos nos daña o nos roba la poca energía; de evitar los líquidos en exceso cuando ya no orinamos; de evitar la sal, el potasio y las proteinas animales en demasía, nos hará estar fisicamente preparados para recibir un nuevo trasplante en cualquier momento.
Para cerrar quiero transmitirles que el único, pero enorme obstáculo que hay entre nosotros y lo que queremos, son nuestros propios miedos. Atrevámonos a vencer a nuestros miedos y en ese momento seremos libres y todo lo que queramos alcanzar no significará ningún problema para nosotros.
.....................................
Si alguno de ustedes tiene más de un trasplante, mucho me gustaría que nos compartiera su historia.
